Llegar
a Pai no fue algo tan fácil como en principio nos habíamos pensado.
Con ganas de aventura decidimos alquilar una moto en una tienda que
ofrecía un servicio gratuito de transporte de equipaje para no tener
que cargar con la mochila los 200 kilómetros que separan este
pequeño pueblo con la ciudad de Chiang Mai. Salimos a eso de las
tres de la tarde con un día despejado hacia el norte, pero abandonar
la ciudad sin ningún cartel en la carretera que nos señalara que
dirección tomar hizo que nos perdiésemos durante un buen rato.
Después de preguntar a unas cuantas personas sin éxito decidimos
parar en un McDonald en busca de alguien que hablara inglés. Un
camarero nos indicó perfectamente el camino que teníamos que seguir
y nos advirtió de que estaba anunciada una gran tormenta. Confiando
en nuestra suerte seguimos con nuestro plan y al de pocos minutos
encontramos por fin la carretera del norte que nos metía de lleno en
la tormenta.
No
teníamos prisas, la idea era que si empezaba a llover pararíamos a
tomar algo y a dejar pasar la tormenta, lo que inevitablemente pasó.
Cuando dejó de llover nos pusimos de nuevo en marcha, pero la
carretera empezó a subir y la temperatura bajó bastante, así que
empezamos a acordarnos de nuestras maletas con nuestra ropa de abrigo
en su interior que nos esperaban en Pai.
Con
la mitad del camino por recorrer, sin ropa de abrigo, más frio de lo
que nos esperábamos y en una carretera de montaña famosa por sus
más de setecientas curvas sin ningún sitio donde alojarse volvió
la lluvia y esta vez acompañada de niebla espesa. Los kilómetros se
hacían interminables, ya no hablábamos, nos concentrábamos como si
eso fuera a reducir la distancia con nuestro destino. Estábamos
empapados, el frío era insoportable y sabíamos que aún nos quedaba
bastante por recorrer en medio de la noche.
De
pronto, empezamos a pensar que nos estábamos volviendo locos, ya que
la sensación de frío nos parecía extrañamente cálida. Así fue,
de golpe teníamos otra vez una temperatura agradable y ya no llovía.
No fue fácil, pero conseguimos llegar a nuestra cabaña, con más
aventura de la que en principio deseábamos, donde nos esperaba una
reconfortante ducha de agua caliente.
No
sería esta la única vez que nos mojaríamos encima de la moto. Un
día mirando el paisaje desde un mirador vimos como se acercaba una
tormenta y yo propuse seguir pensando que iba a pasar de “refilón”,
por suerte Oihane me obligó a dar media vuelta y al de dos minutos
estábamos volviendo como locos para casa en mitad de un diluvio
enorme gritando y sin poder ver por el agua que me entraba en los
ojos. Fue sin duda uno de los momentos más divertidos.
Pai
nos a dejado un sabor agridulce, quizás por que teníamos
expectativas muy altas. Por el día es un pueblo hippie lleno de vida
y gente joven, rodeado de montañas y naturaleza, pero a partir de
las ocho todo el mundo desaparecía excepto un montón de tailandeses
que estaban celebrando una ceremonia en la que treinta niños se
convertían en monjes budistas. La ceremonia duró los tres días que
estuvimos en Pai y fue interesante verlo, aunque por la noche se
dedicaban a cantar horriblemente emitiendo una serie de sonidos
extraños y extrambóticos hasta el amanecer.
Nuestra
estancia fue corta pero intensa, nos dedicamos a recorrer en moto sus
alrededores y a perdernos por sus caminos y carreteras disfrutando de
sus paisajes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario