No
necesitamos mucho tiempo para darnos cuenta de que esta isla vive por
y para la fiesta, con incontables carteles anunciando todo tipo de
fiestas cada día, y a pesar de encontrarnos con un buen ambiente de
gente joven, no terminamos de encontrarle el encanto. Sus playas
pasan desapercibidas, y la mejor que tiene se ha convertido en Miami
beach, donde la gente se luce por el día y se emborracha por la
noche entre espectáculos de fuego y restos de plásticos y botellas.
Las
noches que hemos salido lo hemos pasado muy bien, especialmente la
noche de nuestra particular fullmoon party. Sorprendidos de que en la
playa se podía ver la misma cantidad de gente que los días
anteriores empezamos a beber, hasta que conocimos a un grupo de
argentinos, chilenos y españoles, quienes nos dijeron que lo que
estábamos viviendo no era el gran día. Lo habían aplazado al día
siguiente!! Aún así fue una gran noche y todavía recuerdo a la
gente bailando encima de las mesas viendo un amanecer impresionante.
La
noche siguiente le dio por diluviar, y con la resaca que llevábamos
por el peor vodka que he probado decidimos no repetir. Como teníamos
la habitación al lado de la playa, nos dedicamos a jugar a cartas,
hacer merendola y a salir entre chaparrón y chaparrón para ver si
la gente aguantaba la que estaba callendo... Nos reimos bastante.
Koh
Phangan no ha sido la isla que esperábamos, pues poco queda del
ambiente mochilero del que habíamos oído hablar y que sabíamos que
está desapareciendo para dar paso al turismo puramente comercial que
ha cambiado las mochilas por grandes maletas de ruedas, y las chozas
de bambú por resorts con piscina.
Si
algo nos a enseñado Koh Phangan es que más vale darse prisa en
venir a Tailandia si se quiere vivir el ambiente mochilero y
despreocupado que a hecho famoso a este país.