sábado, 5 de mayo de 2012

Pai


Llegar a Pai no fue algo tan fácil como en principio nos habíamos pensado. Con ganas de aventura decidimos alquilar una moto en una tienda que ofrecía un servicio gratuito de transporte de equipaje para no tener que cargar con la mochila los 200 kilómetros que separan este pequeño pueblo con la ciudad de Chiang Mai. Salimos a eso de las tres de la tarde con un día despejado hacia el norte, pero abandonar la ciudad sin ningún cartel en la carretera que nos señalara que dirección tomar hizo que nos perdiésemos durante un buen rato. Después de preguntar a unas cuantas personas sin éxito decidimos parar en un McDonald en busca de alguien que hablara inglés. Un camarero nos indicó perfectamente el camino que teníamos que seguir y nos advirtió de que estaba anunciada una gran tormenta. Confiando en nuestra suerte seguimos con nuestro plan y al de pocos minutos encontramos por fin la carretera del norte que nos metía de lleno en la tormenta.

No teníamos prisas, la idea era que si empezaba a llover pararíamos a tomar algo y a dejar pasar la tormenta, lo que inevitablemente pasó. Cuando dejó de llover nos pusimos de nuevo en marcha, pero la carretera empezó a subir y la temperatura bajó bastante, así que empezamos a acordarnos de nuestras maletas con nuestra ropa de abrigo en su interior que nos esperaban en Pai.

Con la mitad del camino por recorrer, sin ropa de abrigo, más frio de lo que nos esperábamos y en una carretera de montaña famosa por sus más de setecientas curvas sin ningún sitio donde alojarse volvió la lluvia y esta vez acompañada de niebla espesa. Los kilómetros se hacían interminables, ya no hablábamos, nos concentrábamos como si eso fuera a reducir la distancia con nuestro destino. Estábamos empapados, el frío era insoportable y sabíamos que aún nos quedaba bastante por recorrer en medio de la noche.

De pronto, empezamos a pensar que nos estábamos volviendo locos, ya que la sensación de frío nos parecía extrañamente cálida. Así fue, de golpe teníamos otra vez una temperatura agradable y ya no llovía. No fue fácil, pero conseguimos llegar a nuestra cabaña, con más aventura de la que en principio deseábamos, donde nos esperaba una reconfortante ducha de agua caliente.

No sería esta la única vez que nos mojaríamos encima de la moto. Un día mirando el paisaje desde un mirador vimos como se acercaba una tormenta y yo propuse seguir pensando que iba a pasar de “refilón”, por suerte Oihane me obligó a dar media vuelta y al de dos minutos estábamos volviendo como locos para casa en mitad de un diluvio enorme gritando y sin poder ver por el agua que me entraba en los ojos. Fue sin duda uno de los momentos más divertidos.

Pai nos a dejado un sabor agridulce, quizás por que teníamos expectativas muy altas. Por el día es un pueblo hippie lleno de vida y gente joven, rodeado de montañas y naturaleza, pero a partir de las ocho todo el mundo desaparecía excepto un montón de tailandeses que estaban celebrando una ceremonia en la que treinta niños se convertían en monjes budistas. La ceremonia duró los tres días que estuvimos en Pai y fue interesante verlo, aunque por la noche se dedicaban a cantar horriblemente emitiendo una serie de sonidos extraños y extrambóticos hasta el amanecer.

Nuestra estancia fue corta pero intensa, nos dedicamos a recorrer en moto sus alrededores y a perdernos por sus caminos y carreteras disfrutando de sus paisajes.