Diecisiete
horas de ferry, autobús y alguna que otra espera nos costó llegar a
Bangkok.
Para ser una de las ciudades más grandes del sudeste
asiático, la entrada en autobús no fue tan espectacular como nos
podíamos esperar de la capital de Tailandia, quizás por el recuerdo
de los rascacielos de Kuala Lumpur.
Es
algo chocante salir de una pequeña y tranquila isla para llegar a
una ciudad tan caótica, llena de prisas, tráfico enloquecido,
vendedores que te asaltan en cada calle con sus productos y en la que
a veces cuesta hasta respirar por la contaminación del aire. Estas
fueron nuestras primeras sensaciones atravesando Khaosan road, una de
las calles más turísticas de Bangkok hasta llegar a nuestro
alojamiento.
Los días siguientes nos dedicamos a perdernos por el
centro de la ciudad visitando templos, parques, una calle de
artesanos dedicados a trabajar la madera, un poblado de gente sin
hogar asentados debajo de la autopista a pocos metros de los centros
comerciales. Si algo abunda en Bangkok es pobreza, polución y
centros comerciales. Es posible pasear por unas pasarelas que
conectan estos megacentros, donde uno puede encontrar todo lo que se
imagine sin ni siquiera pisar la calle.
Nos
gustó ver un serie de combates de muay thai que organizan en la calle
cada miércoles y como se emocionaban y gritaban los tailandeses con
las peleas.
Bangkok
nos a enseñado algo, y es que después de vivir medio mes en una
isla sin preocupaciones y ni tan siquiera un espejo, llegar a una
ciudad tan sumamente consumista nos a hecho sentir la infelicidad que
el consumismo genera. Nunca habíamos podido distinguir tan
claramente este sentimiento. Deseábamos realmente tener un montón
de cosas que se nos ofrecían en la ciudad, mientras que días atrás
en Koh Tao ni nos acordábamos de que pudiesen existir. Al final, a
pesar de poder comprar casi lo que quisiéramos, llegamos a la
conclusión de que éramos más felices en nuestra pequeña isla
donde nuestros deseos no eran tener cosas, sino buenos momentos y
gente con quien compartirlos.