Eran
las cinco de la madrugada cuando una furgoneta nos recogió en la
puerta de nuestro hostel para llevarnos al otro lado de la frontera
con Tailandia. De noche, lloviendo y con un conductor kamikaze es
difícil pegar ojo, además misteriosamente la furgoneta iba hasta
arriba de zumos, cuando conseguir que entrásemos allí diez personas
con nuestros equipajes ya era casi un milagro. O el chófer era un
auténtico adicto a los zumos de melocotón o allí dentro no llevaba
nada bueno. Pasamos la frontera, no sin algún que otro problema con
el visado y cuando nos pusimos otra vez en marcha, a pocos
kilómetros, nos chocó ver la imagen de un camión y una camioneta
estrellados contra una casa en el arcén totalmente calcinados. Ya
estábamos algo alterados cuando vimos a el cabrón traficante de
zumos quedarse dormido al volante, con los ojos totalmente en blanco,
a más de 120 km/h! Sin saber que hacer más que vigilarle por el
retrovisor para pegarle un grito, recorrimos un par de kilómetros
hasta entrar en una ciudad donde pareció espabilarse. Por suerte ya
estábamos en Hat Yai y teníamos que hacer transbordo a otra
furgoneta. Lo que había sido un trayecto horrible con un paisaje
gris y un día lluvioso en Tailandia, dio paso a un perfecto día
soleado donde todos los colores relucían como no lo habían hecho
hasta ese momento y podíamos empezar a pensar en el paraíso que nos
esperaba en koh Lipe.
Nose
que contaros de esta isla del mar de Andamán. Estar en koh Lipe es
como estar dentro de la perfecta postal con una playa de arena
blanca, agua caliente y cristalina, peces de mil colores y con cuatro
caminos que puedes recorrer descalzo en poco más de media hora.
Fuimos para dos días y nos quedamos una semana sin nada más que
hacer que mirar esa playa que quitaba el hipo y reunirnos para ver la
película de las siete con un grupo de amigos que conocimos en la
isla. Con ellos nos fuimos a recorrer en un barco de pescadores el
resto de islas del archipiélago para ver monos en la Monkey Island,
hacer snorkel y ver estrellas de mar azules entre el coral, erizos
que parecían tener luces de neón, peces loro y hasta una serpiente
marina de más de un metro que me pasó rozándome el pie dándome el
susto de mi vida.
Hace
tan solo unos días que hemos dejado Lipe y ya la echamos de menos.
Recordándola hace que nos acordemos de otros buenos momentos, y ahora nuestra cabaña de
bambú, el arroz Thai, un batido de sandía viendo una película y
nuestra playa perfecta, entran a formar parte de esa selecta lista,
como si fuesen un recopilatorio de los mejores momentos que nos vienen
a la cabeza mientras pensabamos en Lipe.
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