martes, 20 de marzo de 2012

Koh Phangan

Un bonito trayecto en ferry fue el final del viaje con destino en, seguramente, la isla más turística de Tailandia. A pesar de sentirnos como en una manada de ovejas marcadas con pegatinas de colores según el destino, en el barco disfrutamos viendo un precioso atardecer con el archipiélago del parque nacional de Ang Thong de fondo.

No necesitamos mucho tiempo para darnos cuenta de que esta isla vive por y para la fiesta, con incontables carteles anunciando todo tipo de fiestas cada día, y a pesar de encontrarnos con un buen ambiente de gente joven, no terminamos de encontrarle el encanto. Sus playas pasan desapercibidas, y la mejor que tiene se ha convertido en Miami beach, donde la gente se luce por el día y se emborracha por la noche entre espectáculos de fuego y restos de plásticos y botellas.

Las noches que hemos salido lo hemos pasado muy bien, especialmente la noche de nuestra particular fullmoon party. Sorprendidos de que en la playa se podía ver la misma cantidad de gente que los días anteriores empezamos a beber, hasta que conocimos a un grupo de argentinos, chilenos y españoles, quienes nos dijeron que lo que estábamos viviendo no era el gran día. Lo habían aplazado al día siguiente!! Aún así fue una gran noche y todavía recuerdo a la gente bailando encima de las mesas viendo un amanecer impresionante.

La noche siguiente le dio por diluviar, y con la resaca que llevábamos por el peor vodka que he probado decidimos no repetir. Como teníamos la habitación al lado de la playa, nos dedicamos a jugar a cartas, hacer merendola y a salir entre chaparrón y chaparrón para ver si la gente aguantaba la que estaba callendo... Nos reimos bastante.

Koh Phangan no ha sido la isla que esperábamos, pues poco queda del ambiente mochilero del que habíamos oído hablar y que sabíamos que está desapareciendo para dar paso al turismo puramente comercial que ha cambiado las mochilas por grandes maletas de ruedas, y las chozas de bambú por resorts con piscina.

Si algo nos a enseñado Koh Phangan es que más vale darse prisa en venir a Tailandia si se quiere vivir el ambiente mochilero y despreocupado que a hecho famoso a este país.








martes, 6 de marzo de 2012

Tonsai

Todavía tengo el recuerdo de ver alejarse nuestra isla desde la parte trasera de la lancha rápida que nos devolvía al continente. Espero que nos volvamos a ver. Ese mismo día llegamos a Tonsai, una pequeña aldea en la que casi hay mas bares poniendo reggae que casas. Tuvimos que coger un barco para llegar hasta este lugar rodeado de acantilados que parecen surgir de la nada. Fuímos subiendo por el único camino que tiene buscando un buen lugar para dormir y poco a poco nos fuímos adentrando en la selva hasta llegar a lo más alto del pueblo donde nos alojamos en una pequeña cabaña de bambú rodeados de vegetación, monos saltando entre las copas de los árboles y arañas del tamaño de mi mano.

Toda la provincia de Krabi, donde este pueblecito se encuentra, se caracteriza por estas formaciones rocosas, y si ya en el interior crean un paisaje espectacular, en la costa hay que sumarle las playas con cocoteros. Todo esto hace que Tonsai sea un paraíso para los escaladores, además el ambiente hippie que se respira y los bonitos atardeceres nos han dejado un buen recuerdo de este lugar.










domingo, 4 de marzo de 2012

Koh Lipe

Eran las cinco de la madrugada cuando una furgoneta nos recogió en la puerta de nuestro hostel para llevarnos al otro lado de la frontera con Tailandia. De noche, lloviendo y con un conductor kamikaze es difícil pegar ojo, además misteriosamente la furgoneta iba hasta arriba de zumos, cuando conseguir que entrásemos allí diez personas con nuestros equipajes ya era casi un milagro. O el chófer era un auténtico adicto a los zumos de melocotón o allí dentro no llevaba nada bueno. Pasamos la frontera, no sin algún que otro problema con el visado y cuando nos pusimos otra vez en marcha, a pocos kilómetros, nos chocó ver la imagen de un camión y una camioneta estrellados contra una casa en el arcén totalmente calcinados. Ya estábamos algo alterados cuando vimos a el cabrón traficante de zumos quedarse dormido al volante, con los ojos totalmente en blanco, a más de 120 km/h! Sin saber que hacer más que vigilarle por el retrovisor para pegarle un grito, recorrimos un par de kilómetros hasta entrar en una ciudad donde pareció espabilarse. Por suerte ya estábamos en Hat Yai y teníamos que hacer transbordo a otra furgoneta. Lo que había sido un trayecto horrible con un paisaje gris y un día lluvioso en Tailandia, dio paso a un perfecto día soleado donde todos los colores relucían como no lo habían hecho hasta ese momento y podíamos empezar a pensar en el paraíso que nos esperaba en koh Lipe.
Nose que contaros de esta isla del mar de Andamán. Estar en koh Lipe es como estar dentro de la perfecta postal con una playa de arena blanca, agua caliente y cristalina, peces de mil colores y con cuatro caminos que puedes recorrer descalzo en poco más de media hora. Fuimos para dos días y nos quedamos una semana sin nada más que hacer que mirar esa playa que quitaba el hipo y reunirnos para ver la película de las siete con un grupo de amigos que conocimos en la isla. Con ellos nos fuimos a recorrer en un barco de pescadores el resto de islas del archipiélago para ver monos en la Monkey Island, hacer snorkel y ver estrellas de mar azules entre el coral, erizos que parecían tener luces de neón, peces loro y hasta una serpiente marina de más de un metro que me pasó rozándome el pie dándome el susto de mi vida.
Hace tan solo unos días que hemos dejado Lipe y ya la echamos de menos. Recordándola hace que nos acordemos de otros buenos momentos, y ahora nuestra cabaña de bambú, el arroz Thai, un batido de sandía viendo una película y nuestra playa perfecta, entran a formar parte de esa selecta lista, como si fuesen un recopilatorio de los mejores momentos que nos vienen a la cabeza mientras pensabamos en Lipe.